Photek – Modus Operandi

Como una puerta entreabierta al final del corredor. En el extremo de la penumbra, un haz fino y delgado de luz. La sensación de misterio es irremplazable. Al recorrerlo, el pasillo pierde pronto las proporciones, su longitud crece como un hilo que cae desde la madeja sin freno en el vacío, las paredes se achatan o ganan altura de forma viscosa, irreal. En último término, el marco luminoso de la puerta parece alejarse a nuestro avance. Las sombras llenan el espacio, trepan a nuestro alrededor, su contorno sugiere y esconde. Recorremos sin seguridad la galería impelidos por una curiosidad malsana, quizá empujados por el punto de luz final pero atenazados por lo débil y blando de la realidad. El misterio insustituible.
Es la sensación que gobierna los sentidos al inundar el espacio la música de la ópera magna de Photek. Construcciones de sonido previstas para enervar, composiciones cuyo objeto inequívoco es la intriga, el suspense. Las cadenas de notas se alargan en el tiempo haciendo insoportable la espera. Hay huecos en el ritmo. Agujeros que aparecen como por casualidad, quizá imprevistos o dejados en cualquier sitio al azar. La tentación de acercar un ojo y observar a través se vuelve irrenunciable, imperiosa. En ocasiones la canción semeja una trama de elementos repetidos en bucle. Es un truco. Al descuidar así la atención, dejamos que la tensión se acumule, somos presa de una cacofonía de emoción e incertidumbre.
La construcción de este entramado oscuro y paranoico es en buena medida indescifrable. Rupert Parkes, veterano productor de breaks que lleva en ésto prácticamente desde el comienzo de los ritmos rotos, toma un camino poco transitado por sus pares de la escena junglista de los noventa. Al eminentemente intrincado cariz que toman sus programaciones une una rara sensibilidad jazz. Sus instrumentos electrónicos suenan extrañamente acústicos. El diálogo imprescindible del drum and bass lo forman baterías que suenan a metal o a parche de plástico y líneas gruesas y guturales de contrabajo. Con ello da forma a patrones rítmicos complejos de factura enigmática.
Photek deja atrás la construcción de ritmos basada en samples de funk clásicos, ese drum and bass encadenado al Amen. Depura la ciencia del ritmo iniciada por 4hero o Metalheads hasta alcanzar cotas de una lucidez endiablada. En su momento se le incluyó en el saco del neurofunk, término diseñado por Simon Reynolds para definir la corriente que en la segunda mitad de los noventa se aparta tanto del speed garage como del techstep. Un sonido que el crítico inglés caracterizaba en 1997 por “producciones de una limpieza obsesivo-compulsiva, espeluznantes bleeps electrónicos, líneas de bajo ultra complicadas y una neurosis implosiva”. No obstante, la mayor parte de las producciones de esta época destacan por la simplicidad de los patrones rítmicos, los estandartes del género de la época como Johny L rompen pistas con ritmos basados en una combinación de bombo-caja elemental.
Con sus coetáneos comparte este Modus Operandi, primer álbum largo de Photek, una cierta imaginería tecnológica y científica, si bien se aparta de la simplicidad de sus ritmos a través de creaciones de una sofisticación brutal y única. Y es que Rupert Parkes es conocido en la época por su trabajo detallista y compulsivo: dice la leyenda subterránea del momento que puede llegar a dedicar meses enteros trabajando diez horas al día y siete días por semana para elaborar un solo tema. En ocasiones se ha tratado de llevar su música más allá de esa ola neurofunk emparentando su trabajo con el llamado drum and bass inteligente, esa ola de jungle de estructuras suaves pero intrincadas que hacía suyo el gusto por los pasajes evocadores del ambient. Sin embargo, el minimalismo esencial y el sonido frío del disco lo sitúan en unas coordenadas bien distintas a las del artcore precedente.
Se trata de una obra de difícil escucha. Como todo trabajo hecho con entrega y dedicación, la labor de Photek es profundamente respetada, especialmente en la escena underground de la época. Pero, al mismo tiempo, su música entraña un nivel de dificultad que lo vuelve en muchos casos inaccesible, tanto para los neófitos como en muchas ocasiones para los propios junglistas. Se trata de un acercamiento profundamente experimental al drum and bass desde dentro del propio género. Diferente del prisma que toman músicos provenientes del campo de la IDM como Squarepusher, preocupados por lograr que el patrón matriz se torne en formas sonoras radicalmente nuevas. Photek es, inconfundiblemente, drum and bass, un insider que conoce todos los resortes del género. Y sin embargo, ante una obra maestra del mismo, hay oyentes que aún solo pueden decir: “no estoy seguro de a qué velocidad se supone que debería ir esto”.
Con este disco el estilo se reinventa adquiriendo una madurez que, echando la vista atrás 13 años tras su publicación, demuestra lo inútil de las categorías musicales. Al tiempo que abrazaba la oscuridad propia del primer darkcore estaba facturando auténtico free jazz electrónico que desmonta las pretensiones de cualquier St Germain posterior. Por encima de todo, se alza la impresión de que el autor ha logrado lo que buscaba. El mismo año de la publicación del disco se estrenó en los cines Cube, thriller psicológico formado por un rompecabezas en forma de cubos consecutivos cuyo elemento cohesionador es el sentimiento de amenaza que se esconde tras cada puerta, la incertidumbre opresiva e inquietante que sobrevuela cada escena. Photek no le puso banda sonora, pero si la película no se hubiera rodado nunca, daría igual. Su relato existiría en la música de Modus Operandi.
1 – The Hidden Camera
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2 – Smoke Rings
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3 - Minotaur
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4 – Aleph 1
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5 – 124
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6 - Axiom
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7 - Trans 7
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8 - Modus Operandi
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9 - KJZ
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10 - The Fifth Column
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