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La larga noche del techno

Blue Room Jazz Club (Kansas)

Bajando un tramo estrecho y mal iluminado de escalones encontrabas una puerta abierta, y dentro oscuridad y estruendo. El garito no era más que un rectángulo alargado de techos bajos, oscuro hasta casi la tiniebla en ciertas zonas y con algunos focos aquí y allá. Una barra a un lado con clientes acodados. Y la pista de baile comenzando en el centro del club y continuando hasta el lugar desde donde se hacía la música.

A pesar del humo que cargaba el ambiente, que llegaba hasta el techo y bajaba y se diseminaba por todo el local como una neblina azulada, la impresión al ver a toda aquella gente bailando impresionaba. Formaban un grupo abigarrado, compacto, moviéndose de forma desordenada pero en cierto modo al compás. Como el aforo estaba desbordado, a pesar de ser tan tarde daba la sensación de que cada persona bailaba sobre una baldosa. Concentrados en la música, parecían uno con el sonido creado allí adelante. Los músicos se turnaban, intercalaban standards clásicos con otros temas menos conocidos, fusionando o transformando muchas canciones. En algunos momentos todo el mundo parecía entrar en éxtasis. Tal eran las noches en aquel tiempo.

¿Cuáles son las coordenadas físicas y temporales de este lugar? ¿Dónde? ¿Qué año? ¿Qué música es la que sonaba que encandilaba a la gente y la hacía quedarse hasta altas horas de la noche?. Seguramente, antros donde escapar de la vida cotidiana escuchando sonidos diferentes y duros y bailar hasta tarde, normalmente ebrio, los ha habido en todas partes y en cantidad de estilos musicales diferentes. Existe no obstante -y no hay prueba que la verifique- una especial línea de continuidad entre el jazz que se tocaba hace mucho en Estados Unidos y algunos sonidos electrónicos que se llevan escuchando desde hace varias décadas en todo el mundo, pero especialmente también en la América más profunda.

Kansas City Jazz

 

En la década de 1930, si eras músico, o te gustaba la juerga, o ambas cosas a la vez, Kansas City era tu sitio. Como decía el editorialista del Omaha Herald por aquel entonces: “si querías ver algo de pecado, olvídate de París y ve a Kansas City”. No es que no hubiera otros clubs de jazz en el país, ni que no los hubiera habido antes o los fueran a haber. Pero Kansas representa mejor que ninguna otra ciudad, y precisamente durante aquel tiempo, la liberación desenfrenada que se podía alcanzar alrededor de la música una noche. ¿Por qué?

Tom Pendergast, un modélico ciudadano (abstemio, ultracatólico y padre de una numerosa prole de nueve vástagos) controlaba la ciudad desde 1925. Como relata Lorenn Schoenberg en su Jazz: A History of America’s Music, todo su “poder político e inmensa fortuna fueron construidas sobre tres pilares: un control total de la maquinaria política de su partido, la propiedad de la compañía local de cementos (…) y conexiones muy estrechas con el crimen organizado”. A pesar de su vigencia federal, en Kansas City no regía de facto la prohibición nacional de consumir o comerciar con alcohol (la Ley Volstead, más conocida como “ley seca”) y era, por tanto, el campo de operaciones perfecto para traficantes de licor, contrabandistas y jugadores. Para los músicos, una ciudad como ésta, sin horarios ni limitaciones en los bares y clubs nocturnos, era el paraíso. Siempre había trabajo y las sesiones se podían alargar infinitamente cada noche.


Durante este tiempo, el jazz evolucionó en Kansas desde el estilo clásico de big band habitual de los años 20 hasta el duro y rupturista bebop más propio de los 40. Fue uno de esos melting pots donde todo se cruzaba, consiguiendo que en ese turbio ambiente se cociera una creatividad musical inigualable. Como dice la propia web oficial de la ciudad, “mientras que Nueva Orleáns vio nacer el jazz, la música americana creció en Kansas City”. Gigantes como Count Basie o el saxo Lester Young (mentor del oriundo Charlie Parker, el mítico Bird que aprendió sus dos grandes pasiones –el jazz y la droga- colándose de niño en clubes donde actuaba su ídolo) tocaban en veladas infinitas, noches que no tenían fin. Como recuerda el guitarrista y violinista Claude “Fiddler” Williams, “Kansas City era diferente de cualquier otro lugar porque podíamos estar tocando toda la noche entera. Y si venías aquí y tocabas la nota equivocada, te mandábamos a tomar viento”.

Lester Young  

Cincuenta años más tarde, una música de raíces también negras se desarrollaba en un ambiente igualmente turbio de Estados Unidos. La tormenta económica provocada por la crisis del petróleo y el proceso de reconversión industrial convertían al Detroit de los primeros ochenta en una de las ciudades con mayor criminalidad del país. El anhelo por escapar o encontrar un lugar donde aliviar las penurias cotidianas, en una época donde la tecnología lo impregnaba todo (desde la eliminación de trabajos impuesta por el auge de la robótica hasta fenómenos cinematográficos como Star Treck o la Guerra de las Galaxias), se tradujo en una forma de “jazz” duro, electrónico y futurista. Uno de los padres del techno, Juan Atkins, resume así cómo esta conjunción de factores dio lugar al estilo que contribuyó a crear: “mi padre estaba metido en el jazz, así que lo mamé completamente (…). Lo que más me gustaba del jazz era que los instrumentos lo son todo. Esa es la clave porque los músicos de jazz no quieren convertirse en estrellas del pop”. Cuando creció, una nueva referencia le inspiró para dotar a su música de una dimensión cibernética: “entonces escuché a Kraftwerk: su música era tan limpia, tan precisa, estaba fascinado”.

Cada noche, el techno se pincha hasta altas horas de la madrugada. El DJ no se limita a seleccionar un tema detrás de otro. De una forma muy diferente, pero en el fondo haciendo lo mismo que antiguamente, va tomando los standards del género que produjeron en los 80 pioneros como Cybotron para fusionarlos con otros temas hermanados con ese soul tecnificado. “Alleys Of Your Mind” o “Big Fun”, bombazos house como los de Mr Fingers y Armando o el sonido melancólico del sintetizador de Moroder son reinterpretados a través de su manipulación en directo, fusionando la sonoridad de unos y otros haciéndolos casar armónicamente, añadiendo a una hermosa secuencia de vientos sintetizados un patrón de ritmo industrial y pesado.

Juan Atkins

En un mundo sombrío y sin opciones, bailar incansablemente hasta que rompa el alba alentando a los músicos a que no paren nunca parece casi una necesidad. No es una música fácil. No hay cantantes, y tampoco suenan vocales simples que permitan seguir o reconocer cómodamente el hit del momento, como pasa con los éxitos de la radio fórmula. Pero es una música que funciona muy bien en la pista, porque los temas se combinan extraordinariamente unos con otros y no hace falta un equipo caro para hacer que suene la música. Aunque hay auténticos expertos de la mezcla, lo que más abunda son amantes de este sonido que coleccionan discos y siempre están dispuestos a hacerlos girar donde sea. ¿Acaso no estaba Kansas llena de estos músicos de banda, enamorados de la música y de la noche siempre dispuestos a alargar un poco más la jam, cuyos nombres nadie recuerda ya?

Un nuevo vinilo se mezcla con el anterior, una fusión casi imperceptible al comienzo pero pronto imprescindible, surge un ritmo nuevo, desaparece. Una misma canción va evolucionando, fluye según aparecen nuevos elementos que la modifican, la reinventan, la lanzan hacia delante en la noche. El pianista Sammy Price contaba para describir el sonido de Kansas City cómo una noche dejó el club sobre las diez de la noche para cambiarse de ropa, y, cuando volvió a la 1 de la marugada, ¡todavía seguían los músicos tocando el mismo tema! Igualmente se desarrolla el techno, en sesiones que desbordan el estricto corsé de la canción y se vuelven sinfonías de ritmo donde la gente se sumerge. 

El techno se desarrolló durante los años 80, dando lugar a una forma de música que quizá poco o nada tenga que ver con el jazz de los años 30. Sin embargo, en ese garito en el que nos adentrábamos al inicio ambos estilos de música podrían estar sonando, y no distinguiríamos los demás elementos. Es un sonido cuyo potencial explota genuinamente de noche, cuando suena al máximo volumen y nos adentramos en él completamente. Muchos de los que bailen desenfrenadamente en la pista no conocen a los músicos, otros sí los identifican y saben que son desconocidos. Es un dato irrelevante, lo único que importa es la música. Su capacidad para llevarnos a otro mundo. De prolongar ese éxtasis indefinidamente. De sacarnos de aquí. Sin ningún límite.