Mixmaster Morris – Give Peace A Dance 2
La explosión del house en Europa a mediados de los ochenta operó varios cambios trascendentales en la forma a la que estábamos acostumbrados a disfrutar la noche. Cambios que tuvieron consecuencias directas sobre la morfología de la música electrónica. Tras la aparición de un primer sonido todavía empapado de disco y de groove, el acid house posterior no solo hace el ritmo más duro sino que desencadena además todo un fenómeno generacional iluminado por luces estroboscópicas y bañado en MDMA. Las fiestas en nuevos clubs o las raves multitudinarias a las afueras de la ciudad van aumentando progresivamente la intensidad y velocidad de la música. Dado el endurecimiento de la escena, así como la propia naturaleza del éxtasis, bajo cuyos efectos es preciso descansar e hidratarse para prevenir el golpe de calor, fue lógico que las fiestas empezaran pronto a contar con una “segunda sala” o “chill out room”.
El impacto que este espacio dedicado al descanso tuvo sobre la música fue enorme. El DJ que pinchaba en la sala principal no sólo debía saber leer la pista de baile sino que también tenía que poner discos que causaran sensación. Frente a los corsés que imponía al selector el subidón de la parroquia, en la otra sala no había ningún límite. Ante una audiencia que descansaba alucinada, que sufría las consecuencias del desgaste físico y químico o que simplemente charlaba en este entorno relajado, el pinchadiscos ponía música tranquila y aprovechaba al mismo tiempo para dar rienda suelta a su vena más experimental. Seguramente es en este entorno donde surge entonces la variante introspectiva y evocadora de la música electrónica de baile.
Mixmaster Morris, veterano DJ inglés que empezó a poner discos en el año 1980 y que a mediados de la década se dedicaba a samplear todo lo que caía en sus manos, fue uno de los primeros en apartarse del bullicio de la sala grande para poner lo que le daba la gana en la sala pequeña. La música partía del house o del techno que se bailaba desenfrenadamente justo al lado, pero buscaba un sonido atmosférico que permitiera la evasión total. La técnica que desarrolló en un primer momento es reveladora del tipo de música que estaba naciendo: “utilizaba mucho las intros de los discos de house, tomaba los primeros 16 compases desprovistos de percusión y creaba un loop con ese tramo, lo hacía sonar y entonces lo mezclaba con algo más”. Así, el ritmo dejaba de ser la parte crucial de la sesión. A la hora de mezclar no tenía tanto en cuenta la percusión de cada vinilo como la escala musical. “Comencé a poner los tonos en los discos de modo que unos decían re menor y otros fa mayor y utilizaba una especia de clasificación que me indicaba qué tonos funcionaban con cuales otros”.
Mientras que la importancia del ritmo decaía, la textura y el timbre se tornaban fundamentales. De este modo, el techno y el house dan un giro de 180 grados para encontrarse cara a cara con el ambient que quince años antes también había concedido el protagonismo central de la composición a la capacidad para generar espacios sonoros. El elemento diferencial es el origen de ambas aproximaciones. Mientras que Eno partía de la música concreta y de lánguidos compositores clásicos como Erik Satie, los precursores del “ambient techno” beben de la electrónica de baile de los ochenta, un sonido diseñado para la diversión y el arrebato. En palabras del propio Mixmaster Morris, “el verdadero objetivo era crear una cierta tensión y desenlace, de forma que pudiéramos utilizar discos que fueran rítmicos sin tener que usar necesariamente percusiones”.
Surge de este modo una segunda acepción para el término ambient. Lo que hasta entonces eran piezas que buscaban proveer al oyente de “calma y un espacio para pensar”, o a partir de On Land evocar auténticos paisajes sonoros, reales o ficticios, adquiere un nuevo significado. Estamos ante ese tipo de techno mental que persigue “mover no solo el cuerpo, sino también la mente”. En el camino que lleva de una acepción a otra se cruzan multitud de elementos. Es posible rastrear en este primer ambient techno la influencia New Age, especialmente en el empleo de sonidos de la naturaleza y de culturas lejanas a la occidental. Al mismo tiempo, no son extrañas las hipnóticas progresiones de sintetizador típicas del trance. Aparecen y desaparecen breaks, se intuye el patrón techno pero carente de bombo se nos muestra difuminado, se cruzan bleeps que pueden ubicarse en una rave, donde nadie baila.
En 1991 Mixmaster Morris publica una sesión cuyos beneficios se destinan a la organización anti nuclear Campaign for Nuclear Disarmament (CND). Bajo el explícito título Give Peace a Dance 2 – The Ambient Collection, encontramos una de las mejores muestras del momento fundacional de este género. Ya completamente formado, todavía se pueden apreciar todas sus costuras, no ha alcanzado aún el sonido etéreo y definido de las producciones posteriores del mismo Morris bajo su alias The Irresistible Force en Rising High. El mix es un viaje lleno de altibajos, como si su artífice tuviera un sinfín de historias que contar y no renunciase para ello a ningún recurso narrativo. Sorprende profundamente la forma en que son combinados sonidos de muy diverso origen. Es una declaración no solo musical, sino también política, presente hasta hoy en su discurso. “No apruebo la limpieza étnica que ha tenido lugar en la música house. Si lo conviertes en algo mono cultural, entonces destruyes todo su propósito, además de que para mí lo más interesante del house es que trasciende las razas, el color, las creencias y los continentes”.
El elemento que da cohesión a esta panoplia de sonidos es un poderoso pulso atmosférico y evocador. La sección rítmica, presente de diferentes formas durante importantes tramos de la sesión y también ausente en otros pasajes desprovistos por completo de percusión, pierde importancia. De esa forma pueden reconciliarse estandartes del bleep and bass como LFO con el homenaje a Philip Glass del grupo ochentero Colourbox, o casar los experimentos místicos a base de ragas indios de Sun Of Arqa con el ambient industrial y pesado de un misterioso Solaris, o cautivar con la nana rave que poco después publicaría Apollo, filial de R&S, con tratados de sampledelia acid jazz como el temazo pre Ninja Tune de Ohi Ho Bang Bang. Como si de la destilación de todo este preparado se tratara, el disco lo cierra una pieza de más de veinte minutos donde el Kalavati de Suns Of Arqa que poco antes ha sonado es remezclado fusionándolo con varios de los temas que forman la misma compilación.
Más adelante, cuando el género se consolidó y supuestamente todo el mundo ya sabía qué era la música chill out, se publicaron masivamente discos en apariencia similares a éste que llenaron los estantes de las tiendas. El carácter amable de esta música la ha permitido resistir todos los embates de la crisis de la industria discográfica, hasta el punto de que aún hoy seguimos pudiendo comprar estos recopilatorios en cualquier centro comercial. Por este motivo disgusta y entristece la dificultad que supone encontrar, tanto en disco como pirateada, una joya como este tratado primigenio de Mixmaster Morris. Se hace preciso recuperar el ambient que a principios de los noventa redescubrieron los pioneros, aquellos que ponían en la música no sólo horas de dedicación sino también una honda energía y pasión. El alma que parece faltarle a buena parte de la música electrónica actual.
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VA – Give Peace A Dance 2 – The Ambient Collection
1 – LFO – Change
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2 – Bleep & Booster – Genki (Technology Remix)
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3 - The Black Dog – The Von Daniken Experiment
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4 - ELectrot’ete – I Love You (Bug-Eyed Bears From Venus Mix)
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5 - Erasure – Ship Of Fools (Orbital Southsea Isles Of Holy Beats Mix)
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6 - Colourbox – Philip Glass
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7 - The Irresistible Force – Space Is The Place (Cosmic Mix)
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8 - Suns Of Arqa – Kalavati Alap
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9 - Solaris – Solaris
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10 - Ohi Ho Bang Bang – The Path
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11 - Suns Of Arqa – Kalavati (Remixes)
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