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313: Freaks come out at night

Lo mejor de estar en Detroit el fin de semana del Movement es la interminable lista de afterparties que brotan por todas partes. Lo peor, verse sometido a la tortura de elegir entre ellas. Aux 88, Dj Bone y Scan 7 por un lado, Omar S y Luke Hess por otro, Sean Deason, Arthur Oskan y Shawn Rudiman reunidos por el sello Matrix y, peor aún, Jesse Saunders y Chip E conmemorando 25 años de música house fueron algunas de las bacanales que nos perdimos debido a la generosa oferta para las noches del fin de semana. Noches en las que hay que ser rarito para no encontrar un cartel hecho a tu medida, de forma que la mayoría de turistas se contenta con perseguir la estela de todas esas superestrellas venidas de Europa, mientras que los verdaderos freaks de la electrónica salen al fin de sus guaridas para reunirse en torno a los artistas locales. En nuestro caso, la cita del sábado nos llevaría hasta el 1515 de Broadway, a escasos metros del edificio que acogió al difunto Music Institute, donde Kai Alcé, Chez Damier y Andrés prometían serias dosis de deep house.

Aterrizamos en el club lo bastante temprano como para encontrárnoslo completamente vacío. Varias miradas al reloj y un par de cigarrillos más tarde el público comenzaba por fin a poblar la pista. Un público formado por gente de los alrededores, veteranos del cuatro por cuatro y viejos conocidos con ganas de recordar buenos tiempos. Aquí y allá podían escucharse historias de la ciudad, los días del Music Institute, las míticas sesiones de Ken Collier, los interminables viajes a Chicago en busca de los primeros cortes de house… Auténticos abuelos cebolleta curtidos en Detroit. Justo lo que veníamos buscando. En lo musical hubo menos deep de lo esperado, pero a cambio nos sacudieron con un arsenal de disco y varios himnos de Chicago como Face it de Master C & J, Devotion de Ten City o la remezcla del Peaches and prunes de Hardy. Mientras, el público respondía con gritos, sonrisas y booty del bueno. Por allí pudimos ver a algún que otro tótem de la electrónica como Omar S o Dj Skurge camuflados bajo la apariencia de otro clubber más, otra silueta anónima sobre la pista. Tres horas más tarde el público seguía pidiendo guerra, pero el fin de semana no había hecho más que empezar por lo que decidimos optar por una retirada a tiempo y hacer aprovisionamiento de energías.

A la mañana siguiente los chicos de Alter Ego sacarían a relucir buena parte de su artillería para organizar un evento con fines benéficos. El trato era sencillo: bastaba con llevar algo de material escolar y a cambio uno podía disfrutar sin coste alguno de las sesiones de Carl Craig, Juan Atkins, Terrence Parker, Mark Flash y Dj Di'jital entre otros. Motivos más que suficientes para pegarse el madrugón y llevarse la resaca a cuestas. El lugar elegido fue el Z’s Villa, una terraza del midtown donde los recién llegados ocupaban las mesas, comían, bebían, charlaban y llegado el momento tomaban la pista. Con el directo de Octave One a punto de comenzar desde el Hart Plaza apenas pudimos coincidir con ninguno de los grandes nombres, pero un dj local se encargó de compensárnoslo a base de electrofunk, techno añejo, una pizca de Chicago y mucho corte de la casa como I can´t kick this feelin when it hits de Kenny Dixon, Alleys of your mind y No-Ufos de Juan Atkins y de nuevo el omnipresente Knights of the jaguar.

Alter Ego @ Z's Villa

Aquella noche la competencia entre afterparties llegaría a sus máximas cotas, hasta el punto de tener que renunciar a toda una legión de artistas como Anthony Shakir, Mike Grant, Keith Worthy, Don Williams, Aaron Carl, Jimmy Edgar, Ultradyne o ese tributo a la house nation de la mano de Saunders y Chip E. Nuestros motivos teníamos. Y es que desde la plataforma Mixworks se las apañaron para ofrecernos un cartel difícil de rechazar: Jeff Mills, James Pennington, Juan Atkins, Traxx, Buzz Goree y Ryan Elliot, y todo ello aderezado con un live painting a cargo de Abdul Haqq. Con el cuerpo resentido y los oídos aún pitando después del recital de los Burden llegamos por fin a la Tangent Gallery, una suerte de hangar oscuro y decadente dotado de dos salas, precios asequibles y un sonido capaz de sacudirte en la misma boca del estómago. Difícil imaginar un lugar mejor para la que se nos venía encima.

Sería el propio Goree el encargado de recibirnos desde el escenario principal. Techno contundente, mezclas desgarbadas y entre el público una amalgama de camisetas que rendían tributo a UR, Red Planet, Detroit Techno Milita y en definitiva todos aquellos sellos que ayudaron a forjar una comunidad donde no había más que violencia y ruinas. Por fin, a eso de la una Mills aparecía en cabina acompañado de su fiel Roland. De unos años a esta parte el de Detroit ha venido mostrando dos facetas bien distintas sobre el escenario. Por un lado, viajando al pasado para encontrarse de frente con sus raíces, desde el funk hasta el techno pasando inevitablemente por el disco, el italo, los ritmos industriales o el electro. Unas sesiones antológicas como las que facturó en el 20 aniversario del Rex o la última edición del Sonar. Por otro, construyendo auténticos collages de techno trepidante con retazos de futurismo y ciencia ficción, un sonido donde Mills siempre ha Jeff Millsencontrado cobijo para dar rienda suelta a sus obsesiones cósmicas y combinar experimentación con baile. Tratándose de Detroit, coincidiendo con el DEMF y compartiendo cabina con otros estandartes del género, todo hacía presagiar que optaría por lo segundo.

Y así fue. Luces encendidas, gritos, una intro espacial y aquello ya había echado a andar. Inmerso en las mezclas desde el primer minuto, el americano comenzó a tejer una madeja de loops que se fundían una y otra vez hasta arrastrarte a un espacio confuso, anárquico, pero también metódico y preciso. No, aquella no era una sesión hecha el baile. Aquello era un ejercicio de abstracción, una rueda infinita de la que no se podía escapar. Un tratado de minimalismo que, si no en la forma, en su contenido apuntaba a la obra de maestros como Reich, Riley, Göttsching o Glass. A fin de cuentas, son sesiones como estas las que evidencian el fracaso de eso que hoy llaman minimal. Un género profanado hasta la extenuación, despojado de ese artesano que construía castillos sonoros a partir de repeticiones sutiles, patrones aparentemente simétricos que mutan y se infiltran en tu cerebro sin grandes aspavientos ni trucos de artificio. Pero ni en los clubes ni los festivales clónicos queda tiempo ya para disfrutar de este tipo de música. El público reclama un producto fácilmente digerible y los productores no han dudado en tragarse los principios. Lo demás no deja de ser una procesión de bombos, efectos previsibles y groupies complacientes.

Entre reflexión y reflexión el set de Mills seguía su curso. Mientras, en la retaguardia, Abdul Haqq le rendía su particular homenaje con su Man from tomorrow. Un hombre del mañana que no dejaba cortes a su paso, tan sólo indicios de Axis, de Robert Hood, de Mika Vainio o un The Bells que para sorpresa de todos nunca llegó a explosionar. Para entonces buena parte del público había caído exhausto, hasta el punto de que muchos asistieron a la última parte de su sesión sentados sobre una tarima, observado a ese extraterrestre de manos escurridizas que un día se subió a una nave y dejó su Detroit natal. Cuatro horas después de comenzar su set Mills cedía al fin el testigo a Atkins, no sin antes recibir la ovación de su público. Una visita relámpago a la sala pequeña nos permitió comprobar que para entonces nos habíamos perdido buena parte del set de Suburban Knight, quien hilvanaba ya sus últimas mezclas antes de que Traxx tomara los mandos.

Juan AtkinsEl último tramo de la noche se convirtió en un constante ir y venir entre ambos escenarios. Mientras Atkins se quedaba con la mayoría de la audiencia, Traxx tenía que conformarse con apenas una veintena de personas, algo sorprendente teniendo en cuenta que el de Chicago rompió pronósticos y sorprendió con un frenético set donde las estructuras se desdibujaban hasta parir un pastiche de ruidismo, ácido corrosivo y ritmos industriales. De vuelta al escenario principal Atkins apostaba por un techno más previsible, esbozaba alguna que otra sonrisa e incluso se atrevía a soltar cortes disco como You make me feel de Sylvester o I feel love de Donna Summer. Ni siquiera el hecho de llevar el pitch claramente pasado de vueltas impidió que aquello se convirtiera en una orgía de brazos en alto y cientos de voces tarareando el clásico. Después de todo, incluso los guerreros del underground necesitan sentir el amor de su público de vez en cuando.

En menos de 24 horas todo habría terminado: el festival, las afterparties, los madrugones y toda esa retahíla de clubbers sedientos de beats. En su lugar volverían las calles y el silencio, el óxido, las grietas y el índice de paro. Pero por un instante aquellas palabras –it’s so good, heaven knows, I feel love- consiguieron que a todo el mundo le trajera sin cuidado.

Guillermo M. Ferrando

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