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313: Inner City Blues

Uno diría que éste es el mismo sol que ilumina las calles de Nueva York o San Francisco, pero de alguna manera aquí parece arrastrarse con desgana, sobrevolando los edificios vacíos, deslizándose por los cristales como si no hubiera nada que le empuje a un mañana. Como si los últimos cuarenta años hubieran pasado en balde. Dejamos atrás el downtown y nos adentramos en los suburbios. Interminables avenidas, fachadas decrépitas, un puñado de caras anónimas y todo ese espacio y esa soledad que trajeron consigo las revueltas del 67. A la izquierda, una hilera de negocios con letreros roñosos y dudosa solvencia. A la derecha, la estación de trenes, un día símbolo de riqueza y prosperidad, hoy convertida en otra ruina más, otro símbolo, esta vez del declive económico, a la espera de ser demolida como tantas otras. Nadie quiere que ocurra, pero hasta ahora nadie se ha presentado con el dinero suficiente para evitarlo. Welcome to Techno City.

Motown MuseumLlegamos al 2648 de Grand Blvd, rebautizado como Berry Gordy Jr. Blvd con motivo del 50 aniversario de la Motown. Por fuera no deja de ser un modesto chalet de paredes blancas y marcos azules. Sobre la fachada un cartel luce con orgullo aquello de Hitsville USA, y por debajo una suerte de hall of fame recuerda a sus principales artífices: Stevie Wonder, Diana Ross & The Supremes, The Temptations, The Jackson 5, Marvin Gaye y por supuesto Berry Gordy, ese joven boxeador que terminaría noqueando al mundo a ritmo de soul y funk. Aquí fue donde se grabaron muchos de esos estribillos optimistas desde su nacimiento en 1959 hasta su traslado al downtown en 1968. Claro que por entonces nadie hablaba de crisis, los singles se vendían por millares y la industria del automóvil permitía tocar el sueño americano con los dedos de la mano. Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces, y lo que un día fue una de las mayores factorías de hits de la historia de la música hoy no es más que un pequeño museo que acoge visitas de escolares y algún que otro turista guiado por la nostalgia. Lo que pocos de esos escolares y turistas saben es que a escasos metros de allí se encuentra otro museo, quizá no tan emblemático, pero sí igual de determinante a la hora de trazar el devenir histórico y con él la evolución musical de la ciudad.

Camuflado bajo la apariencia de otro bloque más, otro edificio anónimo a excepción del número 3000 sobre su puerta, el interior de Submerge alberga toda clase de tesoros vinculados al nacimiento y la evolución de la música techno. Al contrario que en el museo de la Motown, aquí no hay lugar para los rostros sonrientes y los cuellos almidonados. En su lugar podemos encontrar una carta dirigida a los socios del Music Institute, artillería pesada como la Roland 808 de la que surgieron cortes como The final frontier Korg SQD-1 responsable de cortes como Big Funo Journey of the dragons, tributos a clásicos de ciencia ficción, a los cuatro de Dusseldorf, a Funkadelic, y toda clase de masters y dibujos, fotografías e incluso la colección de cochecitos de juguete de Mike Banks. En definitiva, un homenaje humilde y sincero a todos aquellos lugares, hombres y máquinas que de alguna manera contribuyeron a la consolidación del género. Nos quedamos con las ganas de bajar a la tienda y contemplar la sala Metroplex, pero bastante con que pudimos acceder al museo en un fin de semana en el que los cuarteles generales de Submerge permanecieron cerrados a cal y canto.

Llegados a este punto, ¿qué falta por ver? El primer edificio de Submerge, derruido. Las tiendas de discos, mermadas ante la imparable crisis y una escasez de ideas generalizada. Las oficinas de Transmat no dejan de ser una puerta metálica con el logotipo del sello y alguna rendija por la que asomarse a contemplar las pinturas de Abdul Haqq. El Music Institute sigue en pie, aunque la sombra de su pasado se haya difuminado con los años. También las obras de Tyree Guyton siguen allí, desafiando las órdenes de demolición y el gris cemento. Todo esto y las calles desoladas, el silencio, el humo de las alcantarillas, lejos de atraer a los turistas como hacen en Manhattan, y por encima de todo un catálogo de ruinas en el que figuran hogares, comercios, escuelas, hoteles, iglesias, fábricas y toda clase de edificios emblemáticos, como la propia estación de trenes o el Michigan Theater, ese Titanic al que se refería Derrick May en el documental Universal Techno, hoy transformado en un vulgar parking. Ruinas que se han convertido en el nuevo sello de identidad de la ciudad, hasta el punto de que hay quien dedica su tiempo a inmortalizar este desierto de hormigón y asfalto.

Michigan Central StationDecía el propio Derrick May que el techno es un error, pero es aún peor. Es un error dentro de otro error más grande, más real, más humano: el de la propia ciudad de Detroit. Una metrópoli abandonada a su suerte. Un gigante moribundo y lastrado. Surgen entonces las preguntas. ¿Era todo esto necesario? ¿Qué habría sido del techno sin esta ciudad enferma y decadente? Después de todo, es ahí donde reside buena parte de su valor, esa actitud que les llevó a recoger toda la desesperación y la violencia y convertirla en un ritmo universal, un legado indestructible que sigue sumando adeptos y atrayendo a mitómanos de todo del mundo. Con una diferencia: cumplido el sueño, bastará con poner en práctica una maniobra de escapismo para regresar a ese lugar donde la gente aún pasea por las calles y el pan asoma cada mañana por la mesa. Mientras, ellos seguirán allí, viendo cómo el sector del automóvil se precipita al vacío y el trabajo sale en estampida. El mismo lugar, la misma realidad, pero sin billete de vuelta. Y entonces un sentimiento de humildad y admiración surge entre nosotros, y nos hace comprender que más allá de etiquetas, más allá de purismos y modas pasajeras, todo aquello sigue teniendo sentido.

Guillermo M. Ferrando

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