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Echoes of New York (I)

Echoes of New YorkSi todavía existen lugares donde un amante de la electrónica puede seguir el rastro de la historia y encontrarse con viejos mitos, sin duda uno de ellos es Nueva York. Puestos de perritos, fachadas desvencijadas, turistas en pleno éxtasis consumista y de pronto un club, una exposición, un edificio, algo que te transporta hacia atrás en el tiempo, cuando la música todavía fluía por las calles de la ciudad y miles de jóvenes escribían cada noche las páginas de esos libros que hoy devoramos con nostalgia. Si a esto se le suma que Nueva York es parada obligatoria en las giras de innumerables artistas, la ciudad se convierte entonces en una especie de tierra prometida donde conviven pasado y presente, héroes olvidados e ídolos advenedizos, ritmos primitivos y morralla hipster. Viajamos al epicentro de la crisis para conocer su escena y, ya de paso, escarbar en nuestras raíces musicales.

    

Domingo

Media hora de metro, un par de pasillos mugrientos, tres o cuatro bloques acompañados de lluvia fina y llegamos al número 100 de Lafayette St. Allí, en el Santos House Party, Nicky Siano se encargará de traernos un pedacito de la colorida Nueva York de los 70 al monocromático presente. Para el que todavía no sepa de qué va esta historia, digamos que Nicky fue uno de los pilares sobre los que se sustentó buena parte de la movida disco y su saturday night fever. Clubber precoz, adepto al mítico Loft de Mancuso, con apenas 17 años decidió tomarse la escena por su mano y abrir un club que pronto se convertiría en referente para la recién liberada comunidad gay: The Gallery. Él fue el primero en instalar tres platos en una cabina, el primer dj en producir un doce pulgadas y, por si fuera poco, el encargado de instruir en el oficio del dj a Larry Levan y Frankie Knuckles, cuyo trabajo en el club se limitaba a ultimar la decoración, preparar el buffet y colocar bombas de ácido en la boca de los recién llegados. Apenas un año más tarde Levan y Knuckles abandonarían el club para iniciar su carrera como djs en una conocida sauna gay pero, como suele decirse, ésa ya es otra historia.

Ya en 1977 Nicky se convertiría en residente del recién inaugurado Studio 54, pero su adicción a las drogas le llevó a abandonar aquella Sodoma y Gomorra en versión celebrity apenas seis meses más tarde. Pocos días después The Gallery cerraría definitivamente sus puertas. Atrás quedaban cientos de noches mágicas, orgías disco y excentricidades varias, como aquella noche en la que Bianca Jagger entró al Studio a lomos de un caballo blanco, o esa otra en la que Nicky se vistió de Estatua de la Libertad para leer los derechos a su parroquia. Por fin, en julio de 1998 Nicky se subió de nuevo a una cabina con motivo de la fiesta homenaje a Larry Levan y desde entonces no ha dejado de pasear sus discos por el mundo. Hoy, 30 años después del cierre de The Gallery, recién llegado de una minigira por Rusia, Nicky regresa a casa para reencontrase con su público.

Nicky Siano @ Santos

Nada más llegar al Santos uno comprende que aquí las cosas funcionan de forma diferente. Para empezar, descubrimos que el portero conoció el Paradise Garage, y que todavía se emociona recordando aquellas noches, lo suficiente como para decirnos que no paguemos la entrada. Bajamos por la escalera, llegamos hasta la pista y ahí está Nicky, soltando joyas de garage para darnos la bienvenida. Poco a poco el público comienza a poblar la pista y caen los primeros clásicos, desde un remix del Feel Up de Grace Jones hasta un inesperado Trans Europe Express. Entre el público, una amalgama de breakdancers, panderetas, travestis y turistas japoneses se resisten a dar por terminado el domingo y enfrentarse a una nueva semana de inflación, despidos y facturas.

Poco a poco Nicky endurece el discurso, retuerce los potenciómetros como ya hacía en su día, como también hacía Levan en el Garage. Cae el Move Your Body de Marshall Jefferson, el Moody de ESG, el We Lift Our Hands In The Sanctuary de DJ Oji & Una, y el público responde con gritos y sonrisas, practica sus bailes espontáneos y uno comprende que probablemente aquello no sea más que una sombra de lo que un día fue, pero qué importa. Tener delante a uno de los últimos supervivientes de la era disco, pinchando en su propia casa, bajando a la pista para bailar junto a su público, rebelándose contra su inminente retirada. Aparte de esto, sólo nos queda esperar la llegada del documental que Nicky está preparando con imágenes inéditas del club. Unas imágenes que unos estudiantes grabaron en 1977 para su proyecto fin de curso y que, tras pasar 30 años a la sombra, van a ver la luz para que todos aquellos a los que el espacio-tiempo nos lo impidió podamos al fin pasar una noche en The Gallery.

Martes

En algún rincón del inmaculado MoMA, compartiendo paredes con noches estrelladas, latas de sopa Campbell y señoritas de Avignon, nos encontramos con Looking at music. La exposición rinde homenaje a una serie de artistas que, ya en la década de los 60, encontraron en la incipiente tecnología un firme aliado para romper las barreras de lo conocido y adentrarse por vez primera en ese mundillo que hoy conocemos como media art. Así, entre los homenajeados encontramos figuras transgresoras como Captain Beefheart, Laurie Anderson, Nam June Paik, Jack Smith, Yoko Ono o los enigmáticos The Residents. Pero hay más. Uno puede contemplar partituras originales de John Cage, escuchar la obsesiva Come out de Steve Reich o ver por enésima vez el videoclip de Space Oddity de David Bowie. Quién le iba a decir al bueno de Major Tom que su odisea espacial terminaría expuesta en un museo. O a ese chico de Harlem, acusado y torturado por un delito que no cometió, que su voz daría forma a los primeros ejercicios minimalistas de Reich. Definitivamente, no hay arte sin vida. En lo que a Looking at music respecta, tampoco sin tecnología.

Sábado

En pleno Greenwich Village, a pocas manzanas del lugar donde comenzaron las revueltas de Stonewall, se encuentra el Love, un pequeño garito donde Alexander Robotnick dará por terminada su gira por los States. A pesar de que Robotnick ha dejado caer en más de una ocasión que el italo no es santo de su devoción, los responsables de las sesiones Prime Time no dudaron en presentarlo al público como una leyenda del italodisco. Sea como fuere, la cuestión es que esa misma noche otra leyenda, esta vez del techno y el electro, haría acto de presencia en el Santos: nada menos que Juan Atkins. Por fin, tras poner sobre la mesa pros y contras y reescucharnos el Ce N'Est Q'Un Début decidimos conocer el Love, no fuera que a Robotnick le diera por hacer de hijo pródigo del italodisco.

Dejando atrás la barra y recorriendo un estrecho pasillo alcanzamos por fin la pista. Se trata de una de esas pistas austeras, donde la iluminación brilla por su ausencia y todo el protagonismo recae directamente sobre el sonido. Nada más llegar nos encontramos, cosas del destino, con el No-UFO´s de Model 500. En la cabina, los residentes Eamon Harkin y James F!@.$%^ Friedman se turnan para hacer el warm up al italiano. Friedman se mueve con soltura entre cortes disco y house de Chicago, dándonos alguna que otra alegría como el Miura de Metro Area o el Disco Circus de Martin Circus. Harkin, por su parte, tira de un rollo más modernete, con sus momentos buenos –mención especial para un tema ácido de ésos que dejan sin aliento– y no tan buenos, véase los requemados Sweet on the walls de Tejada o el Outhouse de Nathan Fake.

Alexander Robotnick @ Love

A eso de las dos aparece por fin Robotnick y lo hace a lo grande: con el Feel the drive de Doctor´s Cat y el Hypnotic tango de My Mine. El público silba y tararea, y antes de que nos demos cuenta el italiano ya ha agarrado el micro para cantar Problemes d’Amour. Difícil empezar mejor. Y es que no importa cuántas veces le hayas visto hacerlo; esos bailes, esas muecas, siempre consiguen que acabes aullando aquello de Ah Ou Ah. A partir de ahí el italiano se embarca en un batiburrillo de clásicos populares con New Order, Tom Tom Club y The Human League como mejores representantes. Decidimos salir a la calle a fumar un cigarrillo y al volver nos encontramos a Robotnick enfrascado en su portátil repartiendo techno a diestro y siniestro. Ahora sí, adiós a los Dance boy dance, a los Computer sourire, a los C’est la vie y a todo lo que nos había llevado hasta allí. Y cuando ya lo dábamos todo por perdido, el italiano decidió poner fin a su sesión con el Spacer Woman de Charlie. Algo es algo…

Diez minutos más tarde abandonábamos el Love sabiendo lo que ya sabíamos: que el hecho de ser una leyenda como productor no te convierte en una leyenda como dj (algo comprensible si tenemos en cuenta que el italiano comenzó a pinchar hace apenas cinco años), y que si lo que uno quiere es darse un atracón de italo con Robotnick de por medio, mejor quedarse en casa y dejar sonar alguno de sus viejos discos.

Lunes

Faltan cinco minutos para que llegue el próximo tren y los viajeros matan el tiempo escuchando cantar a un viejo negro. El viejo está sentado sobre un pequeño altavoz y sobre sus rodillas sostiene un órgano a pilas del que emerge un ritmo enlatado. Hasta aquí no dejaría de ser uno de tantos músicos tratando de abrirse camino en el metro, si no fuera porque éste ya es demasiado viejo para abrirse camino a ninguna parte. Con todo, el viejo no deja de sonreír, tuerce las cejas y se esfuerza por entonar cada estrofa de forma diferente. Rolling, rolling, rolling on the river… Pasan los minutos y llegan más viajeros. El viejo sigue cantando, divirtiéndose con sus estrofas, pulsando teclas en su órgano a pilas. Una chica se acerca hasta él y deja caer un dólar. De pronto chillan las vías y aparece el tren. Se abren las puertas y todos subimos camino de alguna parte.

Fuera, en el andén, la música continúa.

 

Guillermo M. Ferrando