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Echoes of New York (II)

Sábado

Si hace poco dejábamos plantado al mismísimo Juan Atkins para encontrarnos con Robotnick en el Love, en esta ocasión los chicos de Prime Time nos obligaban a volver al Santos con otro peso pesado como excusa: Sir Greg Wilson. Pionero del electro-funk, profeta en clubes legendarios como Legend o The Haçienda, fabricador incansable de re-edits y adicto a la cinta magnética –todo esto y mucho más condensado en sus 30 y pico años de carrera–, el inglés ha sabido envejecer como los buenos discos. Y es que basta dejarse caer por su web y echarle un ojo a los record list para comprobar que este hombre tiene mucha música a sus espaldas.

Greg Wilson @ SantosCuando aterrizamos en el Santos nos encontramos a Eamon Harkin y James Friedman en cabina. Como ya hicieran en el Love, ambos volvieron a demostrar maneras, eso sí, con un discurso más contundente de lo esperado y un sonido saturado hasta el punto de hacer inaudibles a la mayoría de los temas. Imperdonable que ningún responsable del club se acercara hasta ellos para decirles que aquello sonaba a minicadena barata. A todo esto la mayoría del público no parecía darse cuenta del estropicio y disfrutaba moviéndose al ritmo de aquella maraña de ruidos. Tras casi una hora de infierno por fin le llegó el turno al británico, quien no dudó en cortar por lo sano y hacer borrón y cuenta nueva.

A pesar del ritmo marcado por Harkin y Friedman, Wilson abrió su sesión con un híbrido entre Just an illusion de Imagination y Work it de Missy Elliot. Buena parte del público recibió aquello como un jarro de agua fría, con amagos de abandonar la pista incluidos. Sin embargo, de pronto ese mismo público pareció darse cuenta de que volvía a escuchar los agudos, los medios y los graves, y en tres o cuatro temas el británico se los tenía metidos en el bolsillo. A partir de ahí se embarcó en una sesión cargada de disco y funk, regalándonos cortes inmortales como Pull up to the bumper de Grace Jones, I want your love de Chic o su propio re-edit del Cathedrals de DC La Rue, y todo ello aderezado con infinidad samples y efectos lanzados desde su Revox B77. Dios salve a la cinta magnética. Cuando dos horas más tarde abandonábamos el club el público ya bailaba sin tapujos, celebrando cada corte con aplausos, gritos y sonrisas.

Martes

Subimos las escaleras del metro, giramos la cabeza y ahí está: el número 84 de King St. La vista nos lleva directamente hacia la segunda planta, donde cada fin de semana aquel garaje del Village se convertía en un templo del hedonismo custodiado por guerreros enzarzados en comprometidos combates cuerpo a cuerpo. Disco, soul, italo, funk, house y entre tanto miles de cuerpos bañados en sudor bailando un mismo ritmo, celebrando un mismo sentimiento. Love was the message. Aquel sueño, teñido tantas veces de pesadilla a causa del sida, llegaría a su fin la noche del 26 de septiembre de 1987, y con él la vida de sus artífices: Michael Brody primero, Larry Levan después y, finalmente, Mel Cheren. Para la mayoría de los neoyorquinos el sol siguió saliendo por su sitio. Para otros muchos, con el Garage desaparecía el mejor club de la historia de la música de baile.

84 de King St.Hoy el número 84 de King St. no es más que el almacén de una conocida marca de telecomunicaciones, y tras las ventanas apenas puede entreverse la espalda de un oficinista peleándose con su portátil. Por suerte, aquel mensaje de amor salió del Garage mucho antes de que éste pereciera, y sus ecos todavía pueden escucharse en los tracklists y los libros, en las entrevistas y los doce pulgadas, pero especialmente en el que fue su medio natural: la pista de baile. Como diría años más tarde Joe Claussell, Larry era el Miles Davis de la trompeta, el Jimmy Hendrix de la guitarra, el John Coltrane del saxo. Él era el hombre de los platos. Y al igual que no volverá a haber un Davis o un Hendrix o un Coltrane, tampoco volverá a haber un Larry Levan y el que fue su reino durante diez años: el Paradise Garage.

Viernes

Lo dice la memoria histórica y ahí están los primeros maxis para demostrarlo: si hablamos de deep house, Chicago y Nueva York tienen la patente. Dicho esto, pocas ciudades han contribuido al desarrollo de la vertiente más profunda del house como la Motor City. Así es, la cuna del techno también ha mecido grandes nombres como los de Theo Parrish, Marcellus Pittman, Rick Wade, Mike Clark, Norma Jean Bell, Mike Huckaby, Delano Smith, Omar-S o el propio Kenny Dixon Jr., invitado especial para la noche del viernes en el APT. Qué decir del americano que no se haya dicho hasta ahora: su capacidad para reinventar el house sobre firmes pilares como el jazz o el soul, unido a un manejo ejemplar de los samples –de películas de serie b a revueltas raciales, de clásicos disco a tributos a mentores como Electrifyin' Mojo o Frankie Crocker– le han hecho valerse un puesto en el olimpo de los productores sin necesidad de conceder apenas entrevistas o recurrir a tretas promocionales. Por si fuera poco, en esta ocasión los responsables del club nos lo traían acompañado de otro grande del house: su amigo y compañero de 3 Chairs, Rick Wilhite.

Moodymann @ APTNada más llegar al APT nos encontramos con un cacheo de esos que amedrentan. El motivo, al parecer el fin de semana pasado el local fue clausurado por las autoridades debido a un lío de drogas. Una vez dentro descubrimos un club coqueto y acogedor, con un saloncito en la planta de arriba y un patio trasero donde uno puede salir a cumplir con viejos vicios. Cuando por fin alcanzamos la pista el set de The Godson daba sus últimos coletazos con un house enérgico y distendido. A eso de las dos Wilhite ponía fin a su sesión y Moodymann aparecía en escena. Ya se sabe que ir a ver al americano implica una serie de riesgos, como que decida esconderse tras un juego de sombras o que aparezca con medio rostro cubierto por un pañuelo. Por suerte, en esta ocasión el dueño de KDJ decidió actuar a cara descubierta.

A pesar de la calurosa acogida y el excelente sonido de la sala, el de Detroit ofreció una sesión un tanto deslavazada, discreta en cuanto a técnica y cargada de improvisación. Así, de cuando en cuando paraba la música en seco, agarraba el micro y soltaba alguna parrafada. En definitiva, una sesión más propia de un músico que de un dj. Y si es verdad que el americano siempre se ha movido mejor en el estudio que en la cabina, también lo es que en esta ocasión no terminó de conectar con el público y transmitir ese algo intangible y casi espiritual que encierran sus producciones. Con todo, siempre es un placer volver a escuchar clásicos como Shari vari de A Number Of Names o I need a freak de Sexual Harrassment acompañados de un buen número de cortes propios entre los que se echaron en falta I can't kick this feelin when it hits, Dem young sconies o la estremecedora J.A.N.

Lunes

De nuevo en la calle, esta vez frente al número 37 de West 54th St. Como era de esperar, ni una placa, ni un indicio, nada que recuerde que durante algún tiempo aquí vivió el gran Leon Theremin. Su residencia particular se encontraba en el cuarto piso, mientras que las plantas inferiores albergaban los estudios donde llevaba a cabo algunos de sus experimentos. Así fue hasta 1938, cuando unos agentes soviéticos se presentaron en su domicilio para encerrarle en Siberia primero y obligarle a trabajar para la KGB después. Con Theremin desaparecido del mapa, su instrumento –el único capaz de ser tocado sin necesidad de contacto físico– coparía las bandas sonoras de Hollywood, confirmándose como un firme aliado del cine de terror y ciencia ficción. Ya en los 60 Brian Wilson convertiría aquella vibración en una suerte de icono pop a ritmo de Good vibrations –aunque en este caso se tratara de un mero sucedáneo: el tannerin–, allanando así el camino a The Supremes, Captain Beefheart, Led Zeppelin, Jean Michael Jarre, Gary Numan, Q, Portishead, Yello, Coil, Goldfrapp y tantos otros. Incluso Robert Moog, padre del sintetizador moderno, haría sus primeros pinitos de la mano de aquel mágico instrumento. Con todo y con eso, ni una placa, ni un indicio, nada que recuerde que durante algún tiempo aquí vivió una de las figuras más brillantes e imaginativas del siglo XX.

Sábado

Rodeados de fábricas y almacenes, buscando alguna pista entre el silencio industrial, siguiendo un camino de baldosas amarillas entre el gris cemento. De esta forma encontramos por fin el Studio B, un club asediado por los continuos rumores de cierre por cuya cabina han pasado figuras de la talla de Derrick Carter, Afrika Bambaataa, Frankie Bones, Man Parrish o Grandmaster Flash. En esta ocasión el club volvía a rascarse el bolsillo y lo hacía con un motivo de peso: conmemorar 20 años del nacimiento del acid house. ¿20 años? Bien es verdad que ya en el 82 había bandas experimentado con la 303 –véase Orange Juice y su Rip it up, o Heaven 17 y la emotiva Let me go–. Incluso que ya en el 85 Pierre y compañía habían dado con su Acid tracks, aunque tendrían que esperar dos años para verlo planchado, Marshall Jefferson mediante. Sin embargo, no fue hasta 1988 cuando el género se convirtió en un auténtico fenómeno de masas, poniendo banda sonora al mítico Verano del Amor británico. Sea como fuere, la cuestión es que para celebrarlo el Studio nos traía nada menos que al padre de la criatura aka Dj Pierre acompañado de otro héroe de la generación rave: Josh Wink.

Studio B by Lucas ComettoTeniendo en cuenta los derroteros que ha seguido su carrera durante los últimos años, miedo nos daba que Wink se presentara con la maleta cargada de ese minimal de nueva hornada que tantas carreras ha arruinado. Pero no. Desde el primer momento el americano demostró que sabía por qué estaba ahí, y lo hizo a golpe de clásicos: Where is your child, House nation, Video crash, No way back, Work that motherfucker, Time to jack, Plastic dreams, Energy flash… Mientras, el público campaba libremente por la pista, bailando, sí, pero sin demasiados aspavientos. Y eso es mucho decir teniendo en cuenta la que estaba cayendo. Por fin, a eso de las tres Wink pasaba el testigo a Pierre, no sin antes soltar su clásico por excelencia: Higher state of consciousness.

Como era de esperar, el de Chicago quiso mantener el listón bien alto y abrió con Blackout de Lil’ Louis. A partir de ahí siguió la tónica marcada por Wink, recurriendo a cortes infalibles como Strings of life, Computer madness, el inevitable Acid tracks y de nuevo dos clásicos a cargo de Lil’ Louis: French kiss y 7 days of peace. En definitiva, fue una noche cargada de ácido y nostalgia, donde se echó de menos algún guiño a figuras capitales de la 303 como Armando, Larry Heard, 808 State, Plastikman o Hardfloor, y por qué no, a sus herederos más recientes: Jamal Moss, Andy Blake, Andreas Gehm, D'Marc Cantu, Traxx… Pero por encima de todo, salvo pequeños destellos y alguna sonrisa pasajera en general faltó esa chispa que incendiaría las noches del 88, cuando todos esos clásicos no eran más que novedades y cada noche miles de jóvenes tomaban la campiña cargados de inocencia, libertad y un buen puñado de éxtasis.

   

Guillermo M. Ferrando