Francisco López – Cámara de Inmersión Sónica
Acercarse a la obra sonora de Francisco López puede provocar inquietud en el espectador que espere un concierto al uso. Quizá no le guste lo que escuche o experimente, no sólo auditiva sino incluso físicamente. Pero, con toda seguridad, su concepción del sonido y de la música se agitará tras la experiencia.
Como ocurre a veces, el artista e investigador musical Francisco López es probablemente más conocido fuera que dentro de nuestras fronteras. Biólogo de profesión, lleva desde principios de los años 80 haciendo música experimental, tratando de desentrañar el secreto último del sonido y aislando éste de su contexto para lograr una escucha pura y esencial. Su trabajo en los últimos 26 años es vasto y prolijo: más de 180 referencias publicadas en sellos de todos los continentes, cientos de conciertos e instalaciones por todo el mundo mostrando su personalísima obra, ha recibido en este tiempo tres menciones honoríficas en el Ars Electronica Festival.
Aunque pueda considerarse como música concreta, Francisco López prefiere definir su trabajo como música concreta absoluta. Este ideal perseguido se entiende, según el músico y periodista Jesús Brotons, como su “particular forma de entender el hecho sonoro, esto es, descontextualizando los sonidos de sus fuentes originales (…) y considerando su música bajo una perspectiva al margen de cualquier posible asociación simbólica o figurativa”. Francisco López recoge el sonido en los espacios y ambientes más diversos, habiendo llevado a cabo grabaciones de campo en más de 50 países en los cinco continentes. Esta materia prima auditiva es ofrecida al oyente en contextos desprovistos de referentes sistemáticos, narrativos o visuales, con el objeto de proveer de un campo de experimentación para quien busca la aventura y la exploración sonora.
![]() |
En su afán por lograr que el oyente alcance un conocimiento íntimo y una escucha profunda de su música, las actuaciones de Francisco López suelen desarrollarse en la máxima oscuridad posible y con los ojos vendados, para que así se dedique una atención total a la escucha. Así ocurrió recientemente en Madrid en el concierto que ofreció dentro del ciclo Corriente Continua del Museo Reina Sofía, en el Auditorio 400. En aquella ocasión, el objetivo era examinar la capacidad del sonido para afectar físicamente al oyente, para lo que el auditorio quedó prácticamente a oscuras (fue una lástima que quedasen zonas iluminadas por motivos de seguridad) y cada espectador cubrió sus ojos con vendas negras. Aunque es imposible soslayar la duda de si ésto es verdaderamente música, pues durante amplios tramos del concierto era difícil encontrar rastro de ritmo, melodía o armonía, no cabe duda por otra parte que el conocimiento de nuestra personal experiencia sonora y auditiva resultó tremendamente enriquecido.
Frente a la intensidad que dominó aquella ocasión, que hizo que un buen número de asistentes abandonasen antes del final la sesión ante la potencia del sonido y de las sensaciones corporales que provocaba, la última instalación de Francisco López en Madrid tuvo lugar en un espacio especialmente apropiado para la introspección. En el recinto polivalente del Matadero de Legazpi, en una cámara profunda, de techos bajos y sombras alargadas, donde reinaba una sensación de frío y humedad persistente (se trataba de la antigua cámara frigorífica donde se guardaban las reses cuando el espacio se utilizaba como matadero de la ciudad), el artista creó una Cámara de Inmersión Sónica.

Dispuestos de forma circular un conjunto de asientos donde el espectador se tumbaba para llevar a cabo la inmersión, esta instalación no sólo estaba completamente a oscuras y contaba con las habituales vendas negras para evitar que la imagen impidiese la concentración total en la música, sino que además el oyente disponía de unos cascos y de unos tapones de oídos para llevar a cabo dos experiencias consecutivas. En el primer caso, los auriculares y los tapones se utilizaban simultáneamente, llevándose a cabo una escucha amortiguada y aunque leve, especialmente intensa. Introducirse en un submarino y escuchar bajo el agua en la profundidad abisal podría asemejarse a lo vivido en esta instalación. La segunda experiencia dejaba de lado los tapones para lograr una configuración mucho más espesa y definida, donde los sonidos llegaban con mayor fuerza. En ambos casos, se trataba de explorar, de acuerdo con el programa de la actividad, “las posibilidades reveladoras de la privación sensorial (…) en una situación de experiencia sensorial y espiritual intensa, alejada de la contemplación apresurada”.
Es fascinante como Francisco López convierte al tradicional espectador pasivo en parte integrante y activa del proceso sonoro. No se trata solamente de que rechace la necesidad de un oyente “iniciado”, habiendo llegado a afirmar incluso que quizá el exceso de conocimiento y bagaje musical puede resultar un hándicap para una escucha plena y sin prejuicios. Más importante es el hecho de que para este músico el proceso musical carece de sentido hasta que el oyente decide “qué hacer” con su música. Como expresaba el mismo Francisco López en una entrevista, “la música solo comienza a existir cuando un oyente la crea a través de su dedicación y compromiso. Antes de eso, sólo hay sonido sin procesar, independientemente del trabajo del compositor. O, en otras palabras, el acto esencial de la creación musical no es la grabación o la estructuración del material sonoro, sino su apreciación como una entidad musical. Cualquiera puede hacer eso”.

