Gil Scott-Heron @ Joy Eslava
Ocurrió por casualidad, como todas esas cosas que ocurren un día vete a saber por qué motivo y uno, tres, cinco años más tarde vuelven para que ates cabos y cierres el círculo. Un nombre, una portada, un par de segundos de estática y los primeros acordes de We almost lost Detroit ya estaban sonando. Claro que en ese momento no puedes imaginar que tu menú musical está a punto de cambiar para siempre. Antes debes llegar a The bottle, descubrir que la revolución no será televisada, aprender tres o cuatro verdades con B-Movie y sumergirte en una retahíla de singles cuyas letras cargan contra el racismo y la violencia, ponen en evidencia a los políticos y sus guerras o simplemente se sientan al lado de los marginados, tan cerca que era casi inevitable terminar cayendo en sus propios errores. Ocurrió por casualidad, pero desde entonces uno no ha podido evitar tener en un pedestal a Gil Scott-Heron. No uno de esos pedestales inmaculados que levantan hombres insignes, sino uno más viejo y austero. Más real.
De Heron se han dicho muchas cosas, especialmente desde que los medios se enteraran de que 15 años y unas cuantas adicciones después se proponía sacar un nuevo disco. Padrino del rap, pionero del hip hop, leyenda del funk y, durante años, el músico vivo más peligroso de EEUU. Él siempre ha preferido el término bluesologist. Y de eso ha estado ejerciendo durante los 40 años de carrera que arrastra a sus espaldas. Empezó como novelista y poeta, aunque cuando le preguntaban por sus fuentes de inspiración solía nombrar a Richie Havens y John Coltrane, a Otis Redding y José Feliciano, a Jimmy Reed, Billie Holiday, Nina Simone y Brian Jackson, compañero en las aulas y encargado de musicar buena parte de sus poemas durante los años siguientes. Y así hasta que en 1994 Spirits puso fin a un incesante goteo de álbumes. 15 años de silencio ofreciendo conciertos esporádicos y cancelando otros tantos. 15 años hasta que un buen día Richard Russell llamó a su celda para convencerle de que había llegado el momento de grabar un nuevo disco.
Teniendo en cuenta las circunstancias y el lejano parentesco entre ambas figuras era inevitable sentir cierto recelo ante la noticia. Más que nada por el miedo de que fuera otro de esos regresos, que no dejan de ser una tapadera para mantener viejos vicios y saldar deudas. Pero Heron encontró argumentos suficientes para confiar en Russell –he’s a human being and we come from the same planet, so we’ve got a lot in common– y finalmente I’m new here vio la luz en febrero de este mismo año dejando a la crítica dividida. Los detractores argumentarán que el disco es poco representativo. Incluso que por momentos esa fusión de trip hop con la voz de Heron llega a rascar bastante. Con todo, el disco ha servido para repasar algunos episodios de su vida más personal, rendir tributo a leyendas de la música negra como Robert Johnson o Brook Benton, comprobar cómo ha pasado de New York City (I don’t know why I love you) a New York is killing me y regalarnos un bonus disc cargado de clásicos desnudos y My cloud, todo un corte inédito que, a juzgar por el timbre de la voz, bien podría figurar en el catálogo de Flying Dutchman. Y lo que es mejor: el disco servía de excusa perfecta para llevarle de gira por todo el mundo, o casi todo, teniendo en cuenta la polémica que levantó su abortada visita a tierras israelíes.
Con estos antecedentes y un recuerdo imborrable del concierto que ofreció hace poco más de un año en el SOB’s de Nueva York nos presentábamos el pasado 5 de mayo en la sala Joy Eslava. Tiene mérito que después de tanta batalla perdida Heron conserve ese sentido del humor que le ha acompañado desde sus inicios. That has become my most valuable sense, decía en una entrevista reciente. Y qué mejor forma de romper el hielo que con un repertorio de chistes sobre el volcán Eyjafjallajökull. Con el público ganado de antemano Heron se sentó por fin al piano y comenzó a interpretar los primeros compases de Blue Collar. Puede que hablando no deje de tartamudear, pero cuando canta todavía pisa el ritmo con firmeza, acariciando cada estrofa con mimo, estirando una voz más ronca pero igual de sincera.
Gritos, aplausos y retomando la palabra Heron comenzó a hablar sobre el principio de los tiempos. Sobre cómo las estaciones tuvieron una reunión donde decidieron qué lugar ocuparía cada una y cuánto tiempo se quedarían. Pero había una estación que no estaba contenta; se quejaba sobre si el otoño siempre se alargaba demasiado, si la primavera siempre llegaba demasiado pronto… Pensaba que no tenía el respeto que merecía. Así que el invierno decidió quedarse, y con él llegó Winter in America. Un invierno donde todos los asesinos han sido asesinados, los bosques viven cercados por asfalto y se enfrentan a catástrofes naturales como las de We almost lost Detroit. Uno, tres, cinco años más tarde y el círculo volvía a cerrarse. Heron aprovechó entonces para dar entrada a una escueta banda de virtuosos con la que el concierto perdió en intimidad pero ganó en ritmo. Hechas las presentaciones el corte prosiguió su camino para terminar transformándose en Work for peace.
De nuevo guiños y más guiños entre Heron y la audiencia aprovechando el pegadizo comienzo de Three miles down. A estas alturas pocos se acordaban ya de ese nuevo disco que le había traído hasta aquí, pero entonces nos lo trajo de golpe con I’ll take care of you, una impecable versión del clásico por el que también han suspirado figuras como Bobby Bland o Mark Lanegan. Ya que estaba podría haber interpretado esa otra versión del I’m new here de Bill Callahan. Incluso Me and the devil, el primer single del nuevo álbum que, para ser sinceros, uno no termina de cogerle el punto. Pero no. Heron se sentó al piano, regresó a 1972 y con un we are not against soldiers, we are against war nos lanzó otra de sus preguntas incómodas: Did you hear what they said? El auditorio quedó sumido en silencio. Lo lógico en ese momento hubiera sido soltar alguna bomba funk, pero Heron se hundió más y más hondo para interpretar The other side. Un corte estremecedor donde un puñado de frases sencillas sirven para describir ese infierno de azufre y fármacos en el pernoctan cada noche miles de hombres. Y ya se sabe que una adicción suele llevar a otra, de forma que el poeta aprovechó para retomar el vuelo con la obligada The bottle.
Con Heron pronunciando su último celebrate aquello comenzó a oler a cierre. De pronto soltó las manos de su Rhodes, los músicos se escondieron tras las cortinas y empezó la clásica parafernalia. Por suerte, apenas un minuto más tarde ya estaban de vuelta en el escenario. Los más optimistas seguramente esperarían The revolution will not be televised. Uno rezaba sin mucha fe por Cane, 95 South o Spirits past, pero fue aún mejor. Y es que Heron decidió mirar de frente al futuro y lanzarnos un mensaje de optimismo con Better days ahead. Y así, intentando retener en la memoria cada nota, cada estrofa, cada detalle –es lo malo de estas cosas; nunca sabes cuándo volverá a cerrarse el círculo– nos despedimos de uno de los músicos vivos más importantes de nuestro tiempo.
Guillermo M. Ferrando
