Global Communication – 76:14
En un mundo en el que los medios imponen su credo con impactos breves pero constantes y el ruido de la información se hace cada vez más frenético, más volátil, más brutal, resulta casi un privilegio poder detenerse durante una hora y practicar el simple acto de la escucha. Si a esto se le añade que durante esa hora Mark Pritchard y Tom Middleton van a estar reinterpretando el célebre 76:74 en la oscuridad de un teatro, definitivamente vale la pena sacar un billete y sumarse al viaje. Y es que pocos trabajos han conseguido explorar la paleta de emociones de una forma tan certera, desplegando atmósferas y melodías hasta sumergirte en un letargo donde te reencuentras con sensaciones primitivas y recuerdos olvidados. Una odisea que se abre camino a golpe de ecos y latidos, ritmos, paisajes y un perfecto manejo de las repeticiones.

Con casi una hora de retraso el directo comenzó al fin con 0:54, toda una declaración de intenciones que apuntaba a las emociones como una fuente inagotable de comunicación. Metrópolis futuristas, naves, cosmos y pura imaginería espacial comenzaron a desfilar por las proyecciones mientras se esbozaban los primeros compases de 9:39. Basta recordar proyectos como Jedi Knights o el malogrado cameo de C-3PO en Beta Phase para reconocer en Pritchard y Middleton a dos colgados de Star Wars, pero en aquel momento el teatro se acercaba más a un escenario de Blade Runner o 2001: Una odisea en el espacio. Poco a poco el sonido se fue diluyendo y el mecanismo de un reloj entró en escena para impregnar la sala de tictacs. Y así llegó la inmensa 14:31, con una procesión de melodías que iban reforzando ese sentimiento de nostalgia que impregna el corte.
Los productores viajaron entonces hasta el final del álbum para rescatar 12:18 y bañar el espacio de atmósferas y voces celestiales. Cuando palabras como paz o amor dan forma a reclamos publicitarios, siempre es bueno volver a intuir su significado envuelto en haces de sonido. Ecos, paisajes, tránsito, calma. Todo preparado para acoger Epsilon Phase, en la que el clímax llegó con las consignas I have to learn to feel, and reach into the light, I’m changing all the time. Sin duda uno de los momentos más estremecedores de la noche. Y qué mejor forma de remontar el vuelo que 8:07, un homenaje a la música kosmische inspirado en Love on a real train de Tangerine Dream con reminiscencias al Music for 18 musicians de Steve Reich.

Con el corazón todavía encogido, Pritchard y Middleton apuntaron de nuevo al cosmos, esta vez para interpretar Incidental Harmony. Y entonces se hizo el silencio. Todo indicaba que el viaje había llegado a su fin, pero la sombra de Middleton levantó un dedo en el aire y lanzó My way, una bomba de deep house que cogió a buena parte del público desprevenido. Es curioso como un corte aparentemente sencillo, con ese I love the way you make me feel repitiéndose hasta el infinito, puede llegar a desdoblarse una y otra vez, y lo que es mejor: hacerlo justo en ese preciso instante en el que empiezas a preguntarte si aquello llevará a algún lado. Y aunque es cierto que el corte rompió la atmósfera creada durante los cuarenta y pico minutos previos –hubo gritos y bailes, pero también algún rebote– ni siquiera esto impidió que aquella noche regresáramos a casa con la sensación de haber estado, quizá sólo por un momento, fuera de este mundo.
Guillermo M. Ferrando
